
Antonio Mejía Correa
JamFrik tenía 20 años y aquella noche llegó a la calle Barbacoas portando un ramillete de rosas. A pesar de la “prenda”, quizás “roches”, o unos rones, o ambos, o cualquier cosa -los estados alterados por la droga son propios de muchos jóvenes trabajadores de las calle de Medellín, de la noche, del sexo- JamFrik lucía tan atractivo como cuando frecuentaba el parque de Itagüí, en busca del sustento.
En Medellín las cosas eran bien difíciles, la competencia entre jóvenes trabajadores sexuales se endurecía y las tarifas bajaban por el aumento de la oferta. ¡Si desde los doce años los pelaos se lanzaban al ruedo!
Pero JamFrik tenía su estilo. Pocos sabían que le gustaban los idiomas, que hablaba el inglés y el papiamento: ”Bon nochi, ¿Kon ta bai?” saludaba con acento algo criollo, algo portugués, y con esto el compañero quedaba flechado por aquél chico encantador y talentoso.
Era el primer sábado de septiembre y la noche casi rayaba las 8. La Samantha pavoneaba sus 22 años por la callejuela salpicada aquí y allá de travestis, “sardinos” en pareja, señores maduritos, parejas de lesbianas enamoradas, vendedores de cigarrillos, todos actores de un ritual iniciático que comenzaba con reggaetón, música de planchar, Electrónica, y terminaba al alba, con las campanas que llamaban a la misa dominical de 7. La Samantha tenía novio, pero se decía que él y JamFrik también se entendían. La Samantha se la tenía jurada a Jamfrik, y éste la mantenía a raya. Se dice que había habido roces con navajas entre ambos, y que La Samantha había llevado la peor parte.
Esa noche samantha decidió que nadie más iba a subyugarla, ni a someterla, ni a humillarla. Bastante tenían ya las travestis con sus enemigos jurados que las rondaban en el centro, en Villanueva, en la 33, en la 30, en la Juan del Corral. Poco a poco, una tras otra, iban desapareciendo en las noches transfóbicas de una ciudad que no está hecha para los disidentes. SIDA y Homofobia, exclusión y prejuicio, invisibilización y violencia, La Samantha no había conocido nada distinto desde que salió del clóset para sentirse, pensarse y vivirse como mujer.
Cuando lo vio en la Barbacoas se le dejó ir. En respuesta JamFrik se burló de ella y la empujó. Todos dicen que lo que pasó de ahí en adelante fue un crimen pasional. JamFrik corrió, buscando la carrera Sucre, pero resbaló y cayó al pavimento, mientras una enfurecida mujer, transformada en frío puñal, entraba una y otra vez por su cuello. De espaldas en el piso, JamFrik la bloqueaba con las piernas, y con las rosas trataba de defenderse del apremio de la navaja. Pero una rosa es una rosa. Quizás algún día pueda ser un símbolo contra la Endofobia, pero esa noche solo eran rosas, como el ramillete de rosas rojas que manaba de su cuello mientras se ponía de pié, daba dos pasos y caía nuevamente, para nunca más desandar las calles de la ciudad que lo parió.
Si la Samantha no hubiese pasado por lo que pasó, si no hubiese sufrido el oprobio de la transfobia (odio hacia los transexuales, travestis y Transgeneristas), si la humillación no le hubiera enajenado el juicio, si en lugar de odio hubiese sido amamantada con comprensión, tolerancia y oportunidades, quizás ni ella, ni JamFrik hubiesen sido protagonistas de turno de lo que los entendidos llaman Endofobía, y que significa, más o menos, que los grupos humanos marginados reproducen sobre sí mismos el odio que reciben de la sociedad.
Tags: Barbacoas, endofobia, GAYS, Homofobia, medellingay, trabajador sexual, travestis
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